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lunes, 1 de octubre de 2018
Con las piezas que más gusten
Dirigido por Oliver Stone, y estrenado en la 66ª edición del prestigioso Festival de Cine de Venecia en 2017, el documental “Al sur de la frontera” es una reivindicación de la lucha que encabezó Hugo Chávez para evitar el avasallamiento de Latinoamérica ante las políticas imperialistas de Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional.
En poco más de una hora, el cineasta norteamericano, ya reconocido por películas como “Platoon” (1986) y “Wall Street” (1987), intenta reconstruir el proceso de recambio político que permitió consolidar el socialismo en buena parte de los gobiernos sudamericanos, con el paso de las últimas décadas.
Desde un primer plano, Stone ya cautiva con su propuesta. Es que al externalizar su óptica, reconoce otras realidades y advierte los sesgos voluntarios a los que recurre la hegemonía mediática de su país. Desnuda, así, a medios de comunicación cómplices, que alimentan una política de Estado que sólo se propone un único objetivo: construir “nuevos enemigos”.
“Tirano”, “Dictador”, son los términos a los que apela la prensa estadounidense cuando se refiere a Hugo Chávez. Pero es a partir de ese ataque permanente del que es blanco el presidente venezolano, que el cineasta, contra todas las vociferaciones de Estados Unidos, enaltece la vehemencia de su discurso, su ideología fundada en la figura de Simón Bolívar, y lo reivindica como el principal símbolo de lucha e independencia de Latinoamérica.
Y en una segunda instancia también aparece Néstor Kirchner, ante la negativa que mostró a la política exterior que buscaba implementar el Gobierno de George Bush, durante la histórica Cumbre de las Américas que se celebró en 2005 en Mar del Plata. “Fue el paso más importante que dio la región”, se insiste en el documental.
Sin embargo, el enamoramiento y la idealización de las políticas chavistas sólo le permiten al director dar forma a un largometraje demasiado sintético y parcial, y de conclusiones fáciles y previsibles. Que sólo se limita al testimonio de mandatarios, pero que no profundiza, en primera persona, sobre los disimiles y complejos contextos sociales que transversalizan a Sudamérica.
No se lo condena a Stone por tomar partido: sino por la intención, para nada inocente, de reconstruir un rompecabezas sin ir en búsqueda de todas las piezas que constituyen la verdadera política de intereses de la que no están ajenos los países latinoamericanos.
*Trabajo realizado para la materia "Análisis de la Actualidad", dictada por el profesor Walter Medina, en DeporTEA Mar del Plata. Crítica sobre "Al Sur de la Frontera", de Oliver Stone.
Bilenio, y el espacio como receptáculo de la ambición social
Una sociedad que no exige, nunca tiene. Una sociedad que no lucha, nunca consigue. Una sociedad que no desea, nunca alcanza. Y “Bilenio”, de James Graham Ballard, es el retrato de la opacidad anodina a la que elige someterse una sociedad que convive con la superpoblación, que naturaliza la falta de espacios y que, sin demasiada consciencia ni preocupación, decide acoplarse a la incomodidad, a la bajeza y, sobre todo, a la injusticia.
En el universo distópico que construye el escritor inglés, los estrechos cubículos en los que se habilita la vida de las personas se configuran como el espejo material que permite distinguir el grado de ambición que alimenta a los personajes: a diferencia de lo que sucede con sus cuerpos y objetos, los sueños y los anhelos parecen ingresar con holgura en esos cuatro metros cuadrados que fija el Gobierno como límite máximo de extensión de los espacios habitacionales.
Es que la sociedad de “Bilenio” no desea; se conforma con la incomodidad que signa su presente. Los diálogos que comparten a diario los protagonistas de la trama son fieles testimonios de ese vivir farmacológico. “- Has tenido suerte en encontrar este sitio (…) Es enorme, una perspectiva que da vértigo. No me sorprendería que tuvieras aquí cinco metros por lo menos, quizá seis”, destaca con énfasis Henry Rossiter, al visitar el primer cuarto donde habitaba John Ward.
La drástica reducción de los espacios se vislumbra, sin embargo, como la medida más evidente de una política que cercena, al mismo tiempo, otra serie de derechos básicos. En primer lugar, así como las personas prácticamente están despojadas de su intimidad, se pierde el valor de lo privado: la potestad sobre los cubículos recae en el Estado, que es quien se encarga de cobrar alquileres y realizar controles estrictos y permanentes para evitar presuntas violaciones a las leyes habitacionales. La población no sólo está alejada de todo tipo de lujos y posesiones, sino que también queda reducida a las penurias. Los millones de habitantes coinciden en vestimentas que aluden a una baja condición social: “Mientras se abría paso a empujones hacia las casas o las oficinas vistiendo ropas polvorientas y deformes”.
Y se experimenta otro proceso de detrimento con un tercer derecho esencial: el acceso a la comida. Entre las grandes demoras que deben soportar por la superpoblación que inunda los centros urbanos, la descripción de la oferta a la que pueden acceder los protagonistas pone el énfasis en su escasa calidad: “No sólo encontrarían colmado el bar, de modo que pasaría media hora antes de que los atendieran, sino que la comida era además insulsa y poco apetecible”.
Además, en el espacio, que ante la necesidad y ausencia adquiere un valor imponderable en el cuento, se funda una lógica mercantil que penetra sobre el inconsciente social. Es decir, las ansias y las proyecciones de vida que tienen las personas deben evadir toda pretensión de satisfacción personal para someterse a los condicionamientos que imponen las leyes del mercado. Así, en la búsqueda de nuevos cubículos no se descubre el deseo por una mayor comodidad; su impulso está dado simplemente por el hallazgo de la dignidad. El mismo escenario se ve reflejado en la concepción del casamiento: los personajes no buscan sellar su felicidad al encontrar el amor de otra persona, sino que sólo anhelan la ceremonia para aspirar la obtención de algunos metros más en sus futuros cubículos.
“Demasiado cierto. Todos deseamos casarnos para conseguir los seis metros propios”, confiesa, con absoluta naturalidad, Rossiter. En la superpoblada trama de J.G. Ballard, no hay lugar para una mirada que avizore otro futuro más allá de las “jaleas” humanas que abarrotan la circulación por las calles, que busque rebelarse y escapar de una mediocridad insoportable. La única solución que se propone para enfrentar los “ajustes” del Gobierno es amoldarlos a la rutina: “(…) en la última resolución, dijeron lo mismo, cuando bajaron el mínimo de cinco metros a cuatro. No es posible, dijeron todos, nadie aguantaría vivir en cuatro metros (…) Se equivocaban. Bastó decidir desde entonces que todas las puertas se abrirían hacia afuera. Y así nos quedamos con cuatro metros”, recuerda el compañero de Ward.
Tampoco existe oposición alguna a la política oficial. Se deja entrever que la sociedad es consciente de las manipulaciones que se realizan sobre los índices poblacionales pero nunca se produce una instancia de protesta individual o colectiva ante las autoridades: “La política oficial era ahora declarar que la población mundial había llegado a un nivel estable de veinte mil millones. Nadie lo creía”.
No hay preocupación ni malestar en el hálito que se desprende de la atmósfera del cuento: lo que se respira es comodidad. La sociedad actúa con la misma indiferencia que comulga el protagonista, que no resiste los cuestionamientos por la mala calidad de vida pero, sin embargo, nunca sale del lugar de confort para lograr un cambio de su cotidianidad: “Habiéndose entregado voluntariamente a la dinámica de la ciudad, Ward se resistía a rebelarse en nombre de una mejor taza de café”.
La complejidad de la trama no permite atribuir responsabilidades unilaterales: la nulidad de espacios no sólo responde al ajuste drástico del Gobierno, sino, ante todo, a la abulia de una sociedad que cede ante el evidente avasallamiento de sus derechos. Las injusticias que no se denuncian, el silencio que se vuelve cómplice y la resignación que se traduce en consentimiento, expone la falta de ambición que atraviesa a la sociedad de “Bilenio”. Porque quienes callan y observan y nunca cuestionan, siempre quedarán reducidos al incómodo lugar de la intrascendencia.
*Trabajo realizado para el Taller de Oralidad y Escritura I de la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP), dictado por el dr. Juan Cegarra. La temática del cuatrimestre abordó la ciencia ficción, y de ese marco se desprende el análisis.
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Entre desigualdades y otras condenas: el mundo que nadie quiere dar vuelta
Ante la enorme confusión e injusticia que advierte, particularmente en América Latina, el pensador de la Banda Oriental propone, en una primera instancia, un juego claro y sencillo: poner las cosas y a cada cual en su lugar. Así es que enumera de forma puntillosa toda acción, mérito e intervención de la política y su conjunto, para mostrar los verdaderos rostros responsables de un mundo tan enfermo y confundido.
A través de ese revisionismo histórico, el autor de “Las venas abiertas de América Latina” y “Los hijos de los días” sienta entonces sobre el banquillo de los acusados a Gran Bretaña, China, Rusia, y a otros monstruos del imperialismo que, a lo largo de las décadas, ostentaron poder pero no inteligencia como para evitar hundirse en las aguas silenciosas que arrastran el deterioro y el retroceso social.
Pero, claro está, la denuncia más fuerte se posiciona contra Estados Unidos. Entre los delitos que le imputa el periodista, lo acusa de ser partícipe necesario y tener injerencia directa en la instrucción y preparación de los dictadores que después firmarían con total impunidad los capítulos de la historia más cruentos y oscuros para Argentina, Chile, Paraguay, Bolivia, Brasil y Uruguay.
O también de haber constituido gobiernos latinoamericanos “dóciles”, dispuestos a rifar el futuro de naciones, a someterse a intercambios económicos ruinosos, a condenar estilos de vida a la servidumbre, o a cualquier otro antojo que bajara desde el sillón principal de la Casa Blanca.
El libro de Galeano, en definitiva, no sólo brinda una formidable descripción de las políticas que someten a millones y a sus países y que alimentan el enriquecimiento de unos pocos y de sus depósitos en Suiza, sino que subyace en la construcción de un relato de voluntades, que desenmascara un esquema de poder que perpetúa la “tradición del equívoco”.
La escuela que funda el escritor uruguayo cuenta con un vasto programa educativo que, en algunos tramos, hasta resulta dolorosamente didáctico y pedagógico. Sin embargo, la institución también carece de respuestas para algunas preguntas casi ineludibles.
Cómo puede ser que la mitad de los niños y adolescentes de América Latina, que suman casi la mitad de la población total, vivan en la miseria absoluta. Cómo puede ser que haya tanta miseria y tanto dinero, que ni la riqueza sepa qué hacer consigo misma. Cómo puede ser la política tan miserable y nefasta.
Y quizás Galeano, con su humilde palabra y reflexión, también se ve limitado a encontrar la cura para semejante tragedia cotidiana, pero al menos brinda un diagnóstico certero sobre esos otros padecimientos crónicos, como el machismo y el racismo, que penetran en las sociedades del mundo, desde los tiempos más remotos y primitivos.
Con la ironía y el humor implacable que siempre lo distinguió, el periodista muestra una vez más en “Patas arriba: la escuela del mundo del revés” su lucidez, y todo lo hábil y sutil que puede resultar su prosa; es una pluma que puede engañar por la sencillez y discreción, pero que siempre resulta tan punzante e hiriente como un puñal.
Las acusaciones de Eduardo Galeano no caen en lugares comunes ni se dirigen únicamente hacia la dirigencia política: también sitúan la mirada crítica sobre la dirigencia cultural. Augusto Comte, José Ingenieros, Herbert Spencer, Arnold Toynbee y hasta Jorge Luis Borges, son algunos de los reconocidos intelectuales que desfilan en una catarata de repudios, por configurar distinciones de raza, piel y género retrógradas para toda época.
Con la misma vara acusa a José Hernández y su Martín Fierro, el personaje que encarnó al gaucho pobre y perseguido, pero que opinaba que los negros y los indios eran ladrones, por mera condición étnica. “El indio es indio y no quiere apiar de su condición; ha nacido indio ladrón, y como indio ladrón muere”, reza, a modo de sentencia, uno de los versos citados por el escritor.
Y la paradoja que advierte el pensador uruguayo es tan curiosa como peligrosa: porque son muchas veces los ladrones los que terminan siendo los más robados por parte de Estados, que también están saqueados y que no tienen para mostrar más que la pálida cara de la ausencia y el abandono. Se abre así un círculo vicioso, en el que se condena al criminal, pero no a esa máquina que lo fabrica, y que nunca detiene sus engranajes.
Es que la ley, sostiene Galeano, es como una “telaraña”, que sí, que atrapa a las “moscas y otros insectos chiquitos”, pero que nunca le “corta el paso a los bichos más grandes”. Pero en la naturaleza, toda ley siempre tiende al equilibrio; en la ley del hombre, en cambio, el poder siempre tiene la costumbre de sentarse sobre uno de los platillos que desequilibran la balanza de la Justicia.
Cada una de estas consecuencias, sin embargo, son apenas una causa de la consecuencia mayor: el desprestigio y la crisis por la que atraviesa la democracia. La hegemonía del mercado, según se advierte en el relato, ya está haciendo “trizas” los tejidos sociales y hasta pone en jaque la figura del político, que se reduce cada vez más a los mandatos de las finanzas. Así, en tiempos de tanto desdén, la representatividad de este sistema se asemeja más a una abstracción que a un derecho legítimo.
Si hay algo que no le falta a Eduardo Galeano en este libro, son pruebas para demostrar que el mundo vive equivocado. Que el mundo vuela torcido y confundido. Pero cuidado: no hay que ser ilusos ni inocentes. Porque el problema que se descubre no es que todo el mundo está “patas arriba”: la tragedia es que no existe nadie con voluntad para darlo vuelta.
*Trabajo realizado para la materia "Análisis de la Actualidad", dictada por el profesor Walter Medina, en DeporTEA Mar del Plata. Humilde mirada sobre un librazo del maestro Eduardo Galeano.
jueves, 23 de junio de 2016
La verdad en última instancia
Film: The Insider (El informante); Año: 1999; Dirección: Michael Mann; Guión: Marie Brenner, Eric Roth, Michael Mann; Género: Drama; Fotografía: Dante Spinotti; Música: Pieter Bourke, Lisa Gerrard, Graeme Revell, Gustavo Santaolalla; Elenco: Al Pacino, Russell Crowe, Christopher Plummer, Michael Gambon, Bruce Travis McGill, Rip Torn, Gina Gershon, Philip Baker Hall, Debi Mazar; Duración: 151 minutos.
Calificación: Excelente
(*contiene SPOILERS)
“¿Qué tiene que ver eso con mi testimonio? ¡Dije la verdad!”, responde al teléfono Jeffrey Wigand (Rusell Crowe), incrédulo, con un tono histérico, desesperado, angustiante, ante la catarata de preguntas incómodas, molestas y acusatorias del productor de 60 Minutes, Lowell Bergman (Al Pacino), sobre su pasado. “Estoy intentando protegerle”, le explica Bergman. Wigand no entiende, se aferra a su palabra. “Dije la verdad”, repite, como si con eso bastara.
Sin embargo, si hay algo que se encarga de demostrar The Insider, en lo que probablemente sea el mejor logro fílmico de Michael Mann como director, es que no basta sólo con decir la verdad; increíblemente, el devastador testimonio del ex vicepresidente de la tabacalera Brown & Williamson no resulta suficiente ante el titánico poder de la multimillonaria empresa.
“No importa si dijiste la puta verdad o no”, responde entonces desde el otro lado del teléfono, el experimentado Bergman, con un manto de escepticismo difícil de canalizar para un Wigand que ya violó su acuerdo de confidencialidad con la firma estadounidense, que ya perdió a su esposa y a sus dos hijas, y que sólo pide una bocanada de justicia: que su secreto salga a la luz.
De ese diálogo intenso, frenético y rabioso, cargado con la misma tensión con la que debe lidiar el apasionante largometraje, se distingue el eje central que constituye al film: el reposicionamiento de la verdad. Y el director, aquí, se toma el atrevimiento de situarla en última instancia, en el último peldaño de un empedrado camino que, por momentos, hasta resulta inconducente y se torna difuso e incierto.
Lo interesante del discurso de Mann, es que gran parte de esas piedras que dificultan el alcance de la verdad, se desprenden del propio accionar del periodismo, lo que se traduce, a priori, como una grave contradicción a sus propios principios y postulados. The Insider desnuda así a una profesión mezquina, maleable a los intereses económicos y empresariales que la rodean y penetran.
El productor de 60 minutes no sólo se ve envuelto en una carrera a contra reloj para evitar que los otros medios publiquen las difamaciones contra Wigand, sino que también debe enfrentar, sin ningún apoyo, las decisiones internas de la CBS, que se niega a publicar la entrevista ante el riesgo de una potencial demanda judicial por parte de Brown & Williamson. Queda claro: la investigación llegó demasiado lejos.
“¿Sos un hombre de negocios o sos un periodista?”, lanza furioso Bergman, con sus palmas llenas de indignación, a los ejecutivos y al propio Mike Wallace (Christopher Plummer), la cara visible del prestigioso programa investigativo. La pregunta impacta fuerte en las cuatro paredes de la sala directiva y, lejos de respuestas, lo único que encuentra son miradas incómodas.
La corrupción de las instituciones, los intereses del periodismo, todo queda expuesto en The Insider de forma sublime, excepcional, a través de una intensa vorágine que logra mantenerse viva durante todo el desarrollo del film. Lo que se expone, en definitiva, es la capacidad del periodismo para manipular una verdad, para destrozarla. Porque al final, la verdad también es lo último que importa.
*Nobleza obliga: el origen del comentario nace a partir de una simple tarea pero su forma, se desprende de la maravillosa introducción de Milagros Amondaray (LA NACIÓN) en este texto. Ya venía con la idea de plantear algo así, y aquellas palabras terminaron de convencerme. Simplemente genial. Fuente de inspiración. Si algún día te topas con esto Milagros, dos cosas: primero, perdón; y segundo, GRACIAS.
domingo, 8 de mayo de 2016
La guerra después de la guerra
Film: Héroe Corriente; Año: 2014; Dirección: Miguel Monforte; Guión: Miguel Monfortes, Danilo Galasse; Género: Documental; Duración: 90 minutos; Origen: Mar del Plata, Buenos Aires (Argentina); Producción: María Silvia Marini, Mariana Palomba; Entrevistados: María Julia Stella de Aro, Elma Pelozo, Mabel Miranda, Julio Aro, Ramón Alegre, José María Raschia, Luis Aro.
Calificación: Muy buena
La estructura sobre la que se monta la propuesta de Monforte tampoco es la más sencilla, la que queda más cómoda al espectador; más bien, podría catalogarse como compleja. Sin embargo, lejos de resultar monótona y lineal, consigue el dinamismo necesario con la oportuna inclusión de testimonios que se recogen de los ex combatientes y sus familiares.
El documental, en este sentido, logra mostrar de forma brillante lo que fue y lo que sigue siendo Malvinas para los tan disimiles contextos e idiosincrasias que se presentan a lo largo de Argentina. Ésa es, sin dudas, la idea madre que propone el film. Porque al exponer y contraponer aquellas miradas, permite también evidenciar el marcado contraste que existe entre las diferentes regiones de nuestro país.
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| De izquiera a derecha: Miguel Monfortes y Julio Aro. |
Aquel viaje concretado en 2008, no fue uno más para el ex combatiente. Significó, de algún modo, el cierre de una etapa que permitió la apertura de otra. El film muestra como desde entonces, Aro toma las riendas del "Proyecto ADN" y con su mera intervención, da a la causa una trascendencia internacional inédita. La lucha, sin embargo, recién culminará cuando se identifiquen los nombres de las 123 cruces argentinas que yacen en el cementerio Darwin.
Es que dentro de ese aire independiente y distinto que se respira en el documental, afloran también dos sentimientos que se perciben sin dificultad: la angustia y el dolor. Y aunque quizás, en realidad, uno sea la consecuencia del otro, ambos parecen y se distinguen tan inherentes al documental, como a la propia vida de cada uno de sus actores.
Con su relato, Monforte demuestra que hay heridas que ni siquiera logran cicatrizar con el tiempo. Aquí no se pretende narrar, sino describir ese dolor crónico, interminable, sobre el cual debe construirse una vida inevitablemente distinta. Por eso, Héroe Corriente resulta ser un material indispensable, si se quiere comprender cuán compleja y difícil es la guerra, después de la guerra.
* El documental Héroe Corriente fue producido por la Fundación No me olvides, organización no gubernamental compuesta por madres de caídos, veteranos y civiles.
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domingo, 13 de marzo de 2016
Furca, desparpajo insolente
Mientras leía Furca, además de no parar de reírme, no podía dejar de pensar en una coincidencia que, la verdad, no era mucho más que eso, una simple coincidencia. Pero que tanto la novela, sus autores y, en este caso, su lector sean de Mar del Plata, le daba un gustito muy especial a un libro que ya venía muy bien condimentado de por sí.
Era mi primera incursión en una novela de raíces marplatenses y, por ende también, mi primer enfrentamiento con dos brillantes escritores como demostraron ser Fernando del Río y Sebastián Chilano. Y sí, como siempre sucede con libros semejantes, el único arrepentimiento que me deja esta experiencia es el de no haberlo leído antes.
Furca, la cola del lagarto (2009), narra básicamente la vida de un hombre en silla de ruedas que no tiene piernas. Bueno, en verdad, esa sería la manera más formal, correcta y elegante de refererise a él. La novela, sin embargo, elige ser un poquito más cruel cuando tiene que hablar de su protagonista: es el tullido, el parálitico, el deforme, el enano, el lisiado, el inútil, etcétera, etcétera.
Supongo que eso les dará un indicio más que claro de cómo es el lenguaje aquí. No es complejo, sino más bien simplón, brutal y coloquial, pero tan preciso y bien pensado, que fluye como un río turbulento cargado de ironías y metáforas que hacen repensarnos a nosotros mismos y a las miserias que flotan en nuestra sociedad (y que lamentablemente no están escondidas; están a la vista de todos).
De ese modo, Chilano y del Río nos sumergen en el particular mundo de Furca. Por un instante -porque la novela es eso, un instante-, somos la mirada del hombre que está postrado eternamente en una silla, que vive en una cárcel con ruedas. Y aquí, el gran peligro de caer en lugares comunes; en esa lástima que a veces es tan pegajosa como insoportable. Sin embargo, sus creadores optan por el humor. Que sí, que duele, que es ácido. Pero que hace reír, y eso es lo que vale.
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| De izquierda a derecha: Fernando del Río y Sebastián Chilano. |
Porque Furca es así: no le teme a nada ni a nadie, dice y hace lo que quiere. Porque más allá de la desgracia, de las limitaciones obvias, de que hasta ir al baño sea una hazaña y un desafío, sobran sus aventuras por la ciudad: como su escandalosa presencia en el centro evangelista, su problemático desembarco en el balneario San Sebastián, o sus asiduas concurrencias a los cabarés.
Y que la novela tome como escenario a Mar del Plata y en ella recorramos Luro, Colón, Castelli, Alvarado, expone otro de los grandes aciertos de sus autores. Construyen esa atmósfera de forma prolija y sin abundar en descripciones. Hablan, por ejemplo, de las particulares condiciones climáticas que reinan en La Feliz: "En Mar del Plata el verano no tiene cuatro meses. Tampoco lo tienen las otras tres estaciones del año (...) el clima ofrece variaciones tan marcadas, que no se recuerdan dos años similares".
Confieso también, salvando las distancias y sin pretender ser vulgar con la comparación, que Furca me hizo recordar al famoso doctor de una serie de televisión (ese que tenía ojos celestes y usaba bastón, seguro lo recuerdan) ¿Por qué? Por lo renegado, por lo hostil, por lo solitario. Es cierto que su mamá, su hermana y especialmente Javier Biblioni, su cuñado, nunca se ausentan; al contrario. Pero él está solo, y siempre va a estarlo.
Quizás se me haya ido un poco de las manos esta reseña. Pero bueno, resumiendo, aconsejo absolutamente la lectura de Furca, la cola del lagarto por su originalidad, por alejarse de lo convencional, y por ser una novela que siempre va para adelante, que nunca se estanca. Es, literalmente, un trajín de anécdotas constante. Y es ese desparpajo insolente que se percibe en la narrativa, el exponente todo lo delirante y atrapante que puede llegar a ser.
viernes, 11 de marzo de 2016
Crímenes imperdibles
Hace un par de semanas, cuando aún convivíamos con todo el fervor y la ansiedad que suponen los Oscar, y con toda esa cantidad de especiales y reportajes que ni los más fanáticos soportan, enganché una entrevista muy interesante a Campanella. Hablaba, entre otras cosas, de La gran apuesta y de la genialidad de su director, Adam McKay. “Logró casi una proeza: hacer una película muy interesante, muy vital, muy compleja, muy rica, dramática y apasionante... sobre hipotecas”, comentaba Juanjo.
Y es que si hablamos de Crímenes imperceptibles, las palabras del director del Secreto de sus ojos pueden aplicarse del mismo modo. Porque aquí, Guillermo Martínez también logra hacer de las matemáticas una materia excitante. Parece imposible, pero lo logra. Con la diferencia, sí, de que todos los números, símbolos y fórmulas que tienen lugar en este gran enigma, definen, aparentemente, quienes serán las próximas víctimas.
La trama, a muy grandes rasgos, trata sobre un joven matemático de Argentina que recibe una beca para realizar un postgrado en Oxford. Sin embargo, mucho tiempo no podría destinarle a sus estudios ya que a las pocas semanas de haberse instalado en la ciudad inglesa, se produce el asesinato de Mrs. Eagleton, la simpática anciana que le había dado hospedaje.
Es en esas circunstancias cuando nuestro protagonista conoce a Arthur Seldom, un prestigioso matemático que pronto se convierte en el foco de todas las luces ya que, al parecer, las muertes que se suceden están vinculadas a una especie de desafío intelectual dirigido hacia él. Seldom, además, da cuerpo a los diálogos más extensos e interesantes de la novela, exponiendo toda su sabiduría a partir de infinidad de citas en las que refiere, por ejemplo, a Marx, etcétera; es de esos maestros que parecen saberlo todo, y más aún.
Quizás, en primera instancia, pueda resultar más atractivo el vértigo del género, el qué sucederá, pero el verdadero enigma radica en un complejo entramado que el escritor bahiense sabe construir de forma muy silenciosa y perspicaz. Martínez a través, ya sea, del teorema de incompletitud de Gödel, o de la paradoja de Wittgenstein sobre las reglas finitas, teje una telaraña que nos atrapa en un profundo debate filosófico sobre la verdad.
Porque ni siquiera en las matemáticas, en ese mundo donde todo parece tan frío, seguro y calculable, podría demostrarse la existencia de semejante cosa. En el fondo, todos los criterios responden a una cierta estética de razonamiento. Y es, por ese limitado entorno de lo verosímil, por esas suturas automáticas a las que recurre la razón, lo que hace que la verdad quede siempre fuera de nuestro alcance.
Previo a la publicación de Crímenes imperceptibles en 2003, Guillermo Martínez ya contaba con dos novelas y un antecedente para nada menor: ser el segundo autor argentino – después de Borges – en formar parte de la prestigiosa revista The New Yorker, con su cuento Infierno grande (relato que, a su vez, da nombre a su primera antología). Pero fue esta novela la que terminó de consagrarlo, ya que el rotundo éxito que tuvo significó su traducción a más de 35 de idiomas. Un argumento más como para que vayan corriendo a buscarla a la librería.
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| Alex de la Iglesia (centro) junto al gran elenco de "Los crímenes de Oxford". |
En el film, Oxford se muestra mucho más hostil para el protagonista de lo que se describe en la trama original; las personalidades de algunos personajes también difieren bastante, y hasta se le intenta dar un tinte más pasional a la historia. Adaptaciones que, al fin y al cabo, pueden gustar más o menos; un terreno demasiado personal. De todos modos, y a pesar de lo dicho, la versión cinematográfica puede considerársela “aceptable”.
En resumen, Crímenes imperceptibles tiene factores que logran darle un gran valor agregado como producto en sí mismo: es una novela breve, dinámica, que se devora en sólo horas; con esa dosis de análisis justa y necesaria - indispensable para un policial -, pero que también deja lugar para la reflexión a través de un interesante abordaje filosófico que permite un análisis desde otra perspectiva. Por eso es aconsejable su lectura (y varias, para contemplarla en plenitud).
domingo, 31 de enero de 2016
Retorno salvaje de Eruca Sativa en Mar del Plata
En la previa, Lula Bertoldi nos había prometido una “noche muy poguera y de grandes reencuentros” y no defraudó. Qué mejor que las propias palabras de la cantante para sintetizar el show con el que Eruca Sativa sacudió a un Abbey Road colmado de fanáticos. Perro Que Habla estuvo presente y te cuenta, en exclusiva, todos los detalles de una noche a puro rock.
El recital de anoche fue otra prueba contundente – si es que hacen falta más – de porqué se los conoce como la “aplanadora del rock” de estos tiempos. Como no podía ser de otra manera, Eruca Sativa tuvo un retorno “salvaje”, arrollador y demoledor, en el que no se guardó nada y sacó lo mejor de sus trabajos discográficos para deleitar al efervescente público de la “Feliz” con un extenso repertorio.
A las 22, un gran marco de público disfrutó del primer plato que se sirvió en Abbey Road: Krakovia. Ya era la segunda vez que la banda liderada por la voz de Jorge Castro, la guitarra de Cesar Bogner, el bajo de Adrián Seijo y la batería de Diego Lorenzo, se presentaba junto a Eruca. En esta oportunidad, el conjunto marplatense demostró nuevamente toda esa fuerza y potencia musical que lo caracteriza.
Pero más allá de la buena actuación de Krakovia, todos los fanáticos estaban ansiosos por degustar el plato principal de la noche. Se hizo esperar un poco más de lo previsto, pero finalmente llegó. Pasadas las 23.40, se corrió el telón y salieron a escena tres guerreros armados con sus instrumentos: Lula, Gabi y Brenda - con chalecos y la estética tan particular que supieron imponer en el Luna Park - detonaron la noche de Mar del Plata con “Fuera o más allá”.
Así pasó “Paraíso en retro”, “Genio de la nada” y, acorde al recinto, Eruca interpretó uno de sus más emblemáticos covers, “Eleanor Rigby”, con un solo de guitarra final de Lula descollante. Más tarde, tendría lugar otra de las canciones que la banda adoptó, o al menos así parece demostrarlo en sus últimas presentaciones: el gran “Corazón Delator”, de Soda. Y para bajar un poco las pulsaciones, la acústica protagonizó “Mi apuesta” y “Tu trampa”.
Pero pronto, Lula volvió a calzarse su bellísima PRS 408 para tocar muchos de los temas que marcaron y definieron la historia del power trío cordobés, como “Cuánto costará”, “Antes que vuelva a caer”, la siempre emotiva versión de “Amor ausente” con los desgarradores gritos finales de Bertoldi y de allí, pasaron a su más reciente estreno: el flamante “Nada salvaje”.
Con un ritmo frenético y vertiginoso, prácticamente sin descansos y con escasa interacción con el público, el repertorio continuó con “Para que sigamos siendo” y “Agujas”. Después de casi una hora y media de show, Eruca culminó la noche con los inexorables “pogos” en "Que loquepasa", "Desdobla" y "Magoo" . El final pareció abrupto, inesperado, pero después de todo, lógico ante el gran despliegue que supo mostrar la banda durante toda la noche.
Con esta presentación, Eruca Sativa ratifica una vez más su gran presente y su maduración musical. Con 8 años de trayectoria, el fantástico trío cordobés es el fiel reflejo de que, a veces, el cambio es evolución. Con muchísima ambición y en esa constante búsqueda de nuevos horizontes, Eruca supo no dar ningún paso en falso. Por eso, es difícil predecir el enorme futuro que todavía le espera a esta banda. Sin dudas, está “fuera o más allá” de la imaginación de todos.
1. Fuera o más allá
2. Paraíso en retro
3. Genio de la nada
4. Eleanor Rigby
5. Quemas
6. Eco
7. No pueden callar
8. Corazón delator
9. Mi apuesta
10. Tu trampa
11. Real ficción
12. Tanto tiempo
13. Cuánto costará
14. Antes que vuelva a caer
15. Amor ausente
16. Nada salvaje
17. Balcón
18. Para que sigamos siendo
19. Agujas
20. Queloquepasa
21. Desdobla
22. Magoo
(*)FOTOS: CORTESÍA LUCIANA D'ATTOMA
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Mar del Plata
sábado, 23 de enero de 2016
Todo encaja en Desencajados
Luego de la charla abierta que brindó el pasado jueves en el Centro Cultural “La Casa de Enfrente”, el filósofo Darío Sztajnszrajber no quiso irse de Mar del Plata sin antes pasar por el Teatro Roxy para presentarse con “Desencajados”. Perro Que Habla estuvo ahí para contarte, en exclusiva, todos los detalles de un show imperdible.
Ni Darío Sztajnszrajber se haría tantas preguntas para ir a ver un espectáculo de semejante nivel y características. No cabe duda alguna: la respuesta, es un contundente sí. Con Desencajados, el filósofo plantea una propuesta original en la que no falta ni sobra nada; todas las piezas “encajan” rigurosamente para dar forma a un complejo rompecabezas de la reflexión.
Hasta el clima marplatense, en su afán implacable por la contradicción, hizo su parte para que la jornada de ayer fuera aún más especial. Lejos de un caluroso y tradicional viernes de enero, las fuertes lluvias y ráfagas de vientos que protagonizaron el día, dejaron una noche fría pero agradable: ideal para que, pasadas las 22, un Roxy casi repleto pudiera disfrutar de los primeros acordes del bellísimo ¿A dónde van?.
Aquellos infinitos interrogantes que se pregunta Silvio Rodríguez en su canción son, quizás, los exponentes que reflejan de manera más lúcida la propuesta de Sztajnszrajber, donde música y filosofía convergen y se confunden en un mismo mensaje. Así nace uno de los principales conceptos del espectáculo: abandonar la incansable búsqueda de respuestas, certezas y verdades, para “dejarse abrir a la pregunta”.
Con una puesta en escena discreta, se construye un clima muy intímo y personal, donde el público es testigo de reflexiones sobre el amor, el tiempo, lo real, el otro, Dios, y diversos planteamientos existenciales. Pero también aquí hay lugar para la risa: en diferentes oportunidades, el filósofo interactúa directamente con la gente, como si se tratara de un stand-up, para encarnar monólogos con mucho sentido del humor.
Allí encontramos otra de las principales virtudes de Darío: su carisma. Con Desencajados, demuestra que no es sólo una maraña de profundas reflexiones y pensamientos, sino que también baila, actúa, disfruta -por momentos, tanto como sus espectadores- y ríe y hace reír, como cuando revela los “yeites” más utilizados por los filósofos o explica por qué duele el amor, a partir de un extraordinario relato sobre el nacimiento de la diosa de la belleza, Afrodita.
La música, otra de las joyitas del espectáculo. Entre la guitarra de Chino Capici, el bajo de Juan Finger y la percusión de Lucas Wilders, se luce la maravillosa voz de Lucrecia Pinto. Con mucha personalidad, la cantante, que a veces también hace de partener de Darío, logra con un canto dulce, suave y angelical, apropiarse de los himnos de nuestro rock para imprimirle su impronta.
Después de más de dos horas, el show concluye; en realidad, recién comienza. Porque sólo a partir de ese instante, todos aquellos grandes planteamientos existenciales podrán comenzar a germinar y florecer libremente en nuestras mentes. Allí está entonces la verdadera “filosofía” de Desencajados.
jueves, 14 de enero de 2016
Negrotroppo: Para escuchar, ver y disfrutar
Con un Melany casi repleto, tanto por chicos y adultos, el músico invitado Juan Sardi - "el más negro de todos", como ellos lo definen - dio el puntapié inicial al show que comenzó alrededor de las 21.30. De inmediato, Ma Non Troppo no se hizo esperar y se presentó en escena con una vestimenta 'black and white', discreta, sencilla, y con su mejor y única arma: la potencia de sus voces.
La compañía marplatense invitó al público a viajar por un extenso repertorio musical que nace en Africa y que recorre todo Latinoamérica, hasta llegar al norte del continente. En este vertiginoso y magistral viaje nada es casual: todos los caminos expuestos reflejan la gran influencia de la música de raíces negras en los géneros musicales más populares, como el rock y el pop.
Justamente, uno de los puntos más altos del espectáculo fue el homenaje a Michael Jackson: Ma Non Troppo se dio el lujo de revivir algunos de los grandes éxitos del rey del pop, como Man in the Mirror, Smooth Criminal, Beat It, entre otros. Y más tarde, nuevamente sorprenderían al público con una versión del famoso hit Uptown Funk, de Bruno Mars y el británico Mark Ronson.
Pero nada dura para siempre. Lamentablemente, el show culminó muy pronto. Es comprensible: el ritmo que se mantiene durante casi una hora de show es muy frenético; prácticamente no hay descansos entre tema y tema. Y en el final, ya no fueron las voces de Ma Non Troppo las protagonistas, las que resonaron en la sala Melany; fueron los incansables aplausos del público al grito de "otra más".
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